La captura de Diego Rivera Navarro, presidente municipal de Tequila, Jalisco, detonó una escena inusual en la vida política del municipio. Lejos de protestas o llamados a la calma, decenas de habitantes tomaron las calles para celebrar, entre música, baile y concentraciones públicas, la detención del edil, acusado por las autoridades de encabezar una presunta red de extorsión y secuestro, con posibles nexos con el Cártel Jalisco Nueva Generación.
La respuesta social se extendió rápidamente al entorno digital. A través de redes sociales, grupos comunitarios como “Que Todo Tequila Se Entere” difundieron convocatorias abiertas para sumarse a los festejos. Uno de los mensajes más replicados invitaba a la población con la frase: “Tequilenses!! Están cordialmente invitados, nos vemos a las 5:30”, acompañado del lema “El adiós a la corrupción” y una imagen del alcalde detenido.
Los puntos de reunión se ubicaron en espacios emblemáticos del municipio, como la Unidad Deportiva Francisco Javier Sauza y la Glorieta de Tequila, donde vecinos, comerciantes y exempleados del ayuntamiento expresaron públicamente su alivio tras la caída del funcionario. Muchos de ellos señalaron haber vivido meses de inconformidad por lo que calificaron como abusos de poder, corrupción y prácticas intimidatorias durante su administración.
Mientras en las calles se desarrollaban celebraciones espontáneas, Rivera Navarro pasó su primera noche bajo custodia en el Centro Federal de Readaptación Social Número 1, “Altiplano”, en el Estado de México.
La escena, poco frecuente en el ámbito político local, evidenció la profunda fractura entre el gobierno municipal y la ciudadanía, así como el peso simbólico que representa la detención del alcalde para una comunidad que optó por transformar el enojo acumulado en una celebración pública.