El Super Bowl LX no solo se consolidó como el espectáculo deportivo más importante del año, sino también como un evento que combinó deporte, entretenimiento, lujo y una experiencia gastronómica sin precedentes. Además del intenso partido y la euforia generada por el show de medio tiempo encabezado por Bad Bunny, quien hizo vibrar al estadio con una presentación que celebró la cultura latina ante millones de espectadores en todo el mundo, la comida se convirtió en uno de los temas más comentados de la jornada.
La protagonista indiscutible fue la Hammer LX, una hamburguesa de edición especial que se vendió en 180 dólares, es decir, alrededor de 3 mil pesos mexicanos. Su tamaño y composición la transformaron rápidamente en un fenómeno viral. Diseñada para alimentar al menos a cuatro personas, este platillo incluía un codillo de res de más de dos kilos, cocido lentamente y bañado en una salsa demi glacé rostizada, acompañado de un fondue de queso azul Point Reyes y servido en un gran pan brioche recién horneado. Aunque en su imagen promocional no parecía tan grande, los aficionados que lograron adquirirla compartieron fotos y videos en redes sociales, confirmando que se trataba de una porción realmente imponente.
La Hammer LX desató un debate inmediato. Mientras algunos criticaron el precio por considerarlo excesivo, otros defendieron su costo al argumentar que se trataba de un producto exclusivo, con ingredientes premium y una preparación gourmet diseñada especialmente para uno de los eventos más importantes del mundo. La hamburguesa se convirtió así en uno de los símbolos del lujo que rodea al Super Bowl.
Sin embargo, la extravagancia culinaria no terminó ahí. El menú del Super Bowl de este año incluyó otros platillos de alto nivel y precios elevados, como los Dungeness Crab Potachos, una orden de papas estilo nachos con cangrejo fresco y fondue de queso por 40 dólares; el Gilroy Garlic Steak Frites, un filete sellado con papas fritas y salsa especial por 35 dólares; el Chinatown Dog, un hot dog gourmet con cerdo char siu, mostaza china y hoisin por 20 dólares; el San Fran Sticky Roll, un rollo de canela gigante con mascarpone y chocolate blanco por 30 dólares; además de tacos gourmet de wagyu por 25 dólares. Las bebidas tampoco se quedaron atrás, con cervezas premium entre 17.5 y 19 dólares, cócteles especiales que oscilaron entre los 23 y 36 dólares, y botellas de vino premium que alcanzaron los 67 dólares.
Estos costos reflejan el nivel de lujo que rodea al Super Bowl, un evento donde asistir implica un gasto considerable desde el primer momento. Las entradas alcanzaron precios que oscilaron entre los 4 mil y más de 25 mil dólares, dependiendo de la ubicación, mientras que los paquetes VIP, que incluyen acceso a áreas exclusivas, catering premium y experiencias privadas, superaron fácilmente los 50 mil dólares. A esto se suman los costos de hospedaje en hoteles de alta gama, transporte, y la compra de souvenirs oficiales, como jerseys edición limitada, gorras, chamarras y artículos coleccionables, cuyos precios también se elevaron de manera significativa.
En medio de este despliegue de lujo, la presentación de Bad Bunny aportó un componente cultural y emocional que marcó la edición 2026 del Super Bowl. El artista puertorriqueño ofreció un espectáculo cargado de ritmos latinos, coreografías impactantes y un mensaje de identidad y orgullo cultural que fue celebrado tanto por el público presente como por millones de espectadores alrededor del mundo. Su actuación se convirtió en uno de los momentos más comentados del evento, reforzando el impacto global del Super Bowl más allá del deporte.
Así, el Super Bowl 2026 quedó marcado no solo por lo ocurrido en el emparrillado, sino también por la fusión entre espectáculo, cultura, exclusividad y una oferta gastronómica sin precedentes.