Información: TASHIRO MALEKIUM
Mexicali, bajo el sol que nunca perdona. Hace apenas unos días, las puertas del salón de la gobernación se cerraron con un eco más pesado de lo habitual. Siete alcaldes, legisladores, senadores, presidentes municipales: todos convocados de prisa, casi en secreto. Sonrisas protocolarias, apretones de mano que duraron un segundo de más. Y al centro, Marina del Pilar Ávila Olmeda, con la voz firme y serena que ya se ha vuelto su marca: "Aquí seguiré hasta el 31 de octubre de 2027".
Nadie lo dijo en voz alta, pero todos lo sintieron. El aire estaba cargado de algo que no se nombra en actas ni en boletines. Porque justo ahora, cuando las corrientes subterráneas de la política bajacaliforniana parecen converger en un solo punto, surge la pregunta que nadie formula en público y que todos repiten en privado: ¿le conviene pedir licencia?
No es una pregunta de titulares amarillentos. Es una cuestión de estrategia de supervivencia, de cálculo político y de lectura fina de las sombras que se alargan sobre el sexenio.
Imagínenla. Separarse temporalmente del cargo no sería huida; sería, en teoría, el movimiento más limpio que dicta el manual de la prudencia. El Sistema Nacional Anticorrupción ya lo sugirió en enero. La carpeta de la FGR avanza, silenciosa pero inexorable, sobre su entorno familiar. Una licencia le daría oxígeno: defenderse sin que cada conferencia de prensa se convierta en un interrogatorio velado, alinearse con la 4T sin arrastrar al gobierno estatal al centro del torbellino.
En Sinaloa, Rubén Rocha mostró el camino; cuando el viento viene de Washington con visa revocada incluida, mejor no estar al timón con las manos atadas. Además, ganaría algo más valioso que el tiempo: control de la narrativa. Podría moverse por CDMX, medir lealtades, preparar el terreno para lo que venga después del 2027.
La reunión "estratégica" de estos días —esa que nadie explica del todo— ya parece un preludio. Unificar al equipo antes de cualquier movimiento. Porque en Morena Baja California no hay vacíos; hay ambiciones que esperan su turno.
Pero aquí es donde la sombra se vuelve más densa. Porque pedir licencia ahora, después de haber mirado a los alcaldes a los ojos y haberles dicho "me quedo", sería leído como un desmentido propio. La oposición no necesitaría pruebas; solo tendría que repetir la frase que ella misma pronunció. "Huye porque algo esconde". Y el huracán, que ya azota las ventanas, se centraría en ella con precisión quirúrgica.
Portadas nacionales, redes en ebullición, el nombre de Baja California otra vez en el centro de un escándalo que no es suyo, pero que la salpica por cercanía. Internamente, el costo sería aún más silencioso y más profundo. Abriría la carrera por el 2027 antes de tiempo. Los aspirantes del gabinete y del partido empezarían a moverse como tiburones en agua turbia. La unidad que ella convocó con urgencia podría fracturarse en cuestión de semanas. Lo que hoy parece cohesión, mañana podría parecer preparación para el relevo forzoso.
Y está el margen legal, que nadie debe olvidar: no hay cargos formales contra ella. Solo presunción de inocencia y un entorno que la FGR examina. Quedarse es también una forma de decir: "Aquí estoy, gobernando". Sheinbaum ya le dio respaldo público. ¿Por qué regalarle a la oposición la narrativa de que hasta en Morena se desmoronan las piezas?
El dilema, pues, no es blanco o negro. Es gris, como el atardecer que cae sobre el Cerro de la Cuchuma cuando el viento del Pacífico trae presagios. Pedir licencia podría ser la salida elegante... o el movimiento que confirme, sin decir una palabra, que la tormenta ya está adentro. Porque en la mitología de la política real, ese acto lleva dos caras ocultas: morder la manzana envenenada si el momento es equivocado —la que promete alivio inmediato pero condena al exilio y al olvido—, o morder la manzana dorada de los jardines del Olimpo si el cálculo es perfecto —la que otorga inmortalidad estratégica y deja el nombre grabado en la piedra del poder.
Marina del Pilar lee las corrientes mejor que nadie. Sabe que la política real no se juega en declaraciones; se juega en los silencios que preceden a las decisiones. Y en esos silencios, en los pasillos que nadie ilumina del todo, se está decidiendo si la gobernadora elegirá navegar la tormenta desde el puente de mando... o si bajará del barco antes de que todos vean cuánto se acerca el oleaje.
El reloj sigue corriendo. Y en Baja California, como en el mar de Ensenada, las decisiones que se toman en la sombra siempre terminan revelándose con la marea alta. Solo queda esperar. Porque las verdaderas jugadas, las que cambian el rumbo, nunca se anuncian con fanfarria. Se anuncian con un silencio que, de pronto, se vuelve ensordecedor.