Información: TASHIRO MALEKIUM
Ayer, 20 de abril de 2026, la Pirámide de la Luna en Teotihuacán —ese monumento ancestral que ha resistido milenios de sol, lluvia y conquistas— se convirtió en escenario de una masacre moderna. Un solo hombre, Julio César Jasso Ramírez, de 27 años, residente de la Gustavo A. Madero en la Ciudad de México, subió como cualquier turista, pagó su boleto y, sin un solo arco detector de metales ni revisión alguna, cargó un revólver calibre .38, un cuchillo táctico, municiones y una mochila repleta de símbolos de muerte. Mató a una turista canadiense, hirió a 13 personas (colombianos, estadounidenses, rusos, brasileños y más) y luego se quitó la vida. Dos muertos confirmados. Pánico. Estampida. Imágenes que ya circulan en redes y que nadie podrá borrar.
Pero no fue un acto de locura aislada. Fue un monólogo calculado, un ritual de odio escenificado en uno de los sitios más visitados del país. Y aquí, con mi estilo directo y sin filtros, vamos a desmenuzarlo: ¿había un móvil claro? ¿Qué dijo exactamente en esos minutos eternos mientras interactuaba con los turistas? ¿Cuáles son los orígenes reales de esta tormenta? ¿Qué demonios tiene que ver el gobierno y sus políticas con esta cosecha de tempestades? Y, sobre todo, ¿por qué este horror ocurre justo cuando México se prepara para recibir al mundo entero en la Copa Mundial de la FIFA 2026?
El monólogo del tirador: amenazas, sacrificio y desprecio
Los videos y audios filtrados —validados por fuentes como Ciro Gómez Leyva y testigos— no dejan lugar a dudas. Jasso Ramírez no disparó en silencio. Mantuvo a un grupo de turistas como rehenes durante varios minutos en la plataforma de la pirámide. Los obligó a tirarse al suelo, les apuntó y les lanzó un discurso cargado de furia, imitando un acento español satírico para humillarlos.
"Levántate, perra… Tú, estúpida. Levántate y corta eso. Tienes un puto minuto. Si no lo haces, te disparo. Corta ese puto plástico… Muévete, cabrón. Como si fueras a follar. Para allá, estúpida. ¡Rápido! Córtalo todo."
Y luego, el golpe de odio dirigido a los extranjeros, especialmente a los europeos:
"Vosotros, hijos de mierda, que habéis venido desde la puta Europa, no vais a regresar… Si os movéis, os sacrifico. Esto se construyó para sacrificar, cabrones, no para que vengáis a hacer la puta fotito de mierda. ¿Lo veis? Cumplo mi palabra."
Disparos. Llanto. Pánico. Él caminaba con calma, pistola en mano, como si estuviera cumpliendo un ritual. No era un loco descontrolado gritando incoherencias. Era un _performer_ de su propia ideología, disfrutando el poder, el terror y el simbolismo: la pirámide, construida por una civilización que sí practicaba sacrificios humanos, ahora convertida en su altar personal.
El móvil: no es “enfermedad mental” genérica, es radicalización ideológica premeditada
Las autoridades hablan de “problemas psicológicos” y lo descartan como acto terrorista organizado. Pero los hechos gritan otra cosa. Jasso Ramírez planeó esto. Se hospedó en hoteles cercanos, visitó la zona varias veces antes. Llevaba un portarretratos con una imagen generada por IA de él mismo junto a Eric Harris y Dylan Klebold, los tiradores de Columbine (exactamente el 20 de abril de 1999). Vestía una playera con la frase “Disconnect and self destruct”, emblema de la _True Crime Community_ que glorifica masacres. Tenía fotos suyas haciendo el saludo nazi. Libros y notas propias sobre Columbine. Simbología neonazi. Admiración por Hitler (nacido también un 20 de abril).
Era un _copycat_ consciente. Un admirador de masacres y genocidios que eligió la fecha, el lugar y el espectáculo para inmortalizarse. No actuó por un arrebato. Sembró su tormenta durante años en redes oscuras, foros de extremismo y obsesión por la muerte. El móvil está ahí, cristalino: ideología radical, nihilismo glorificado y un deseo de trascender a través del horror. Las autoridades lo llaman “perfil psicópata”. Yo lo llamo lo que es: un producto de una sociedad que deja que el veneno circule libremente mientras finge que “no hay indicios de más involucrados”.
Los orígenes: de la Gustavo A. Madero a la pirámide, pasando por el abismo digital
Julio César Jasso Ramírez no surgió de la nada. Originario posiblemente de Tlapa, Guerrero (o zonas aledañas según algunas versiones), pero radicado en una de las alcaldías más densas y complejas de la CDMX. Joven de 27 años, con acceso a internet, a comunidades _online_ que romantizan a tiradores como héroes y a Hitler como icono. Compartía imágenes de masacres y saludos nazis desde hace años. Su mochila era un manifiesto: cartuchos, literatura sobre Columbine, notas con “inspiración de más allá de la tierra”.
Esto no es un caso aislado de “locura”. Es el fruto de una generación expuesta al vacío existencial, al culto digital a la violencia y a la ausencia de contrapesos culturales. Sembró su odio en silencio, y ayer cosechó la tempestad en el corazón del turismo mexicano.
El gobierno y sus políticas: la negligencia que permitió la entrada del lobo… en vísperas del Mundial
Y aquí viene lo incómodo, lo que nadie quiere decir en voz alta pero que salta a la vista: ¿cómo carajos entró armado a uno de los sitios arqueológicos más importantes del mundo?
Respuesta oficial de la presidenta Claudia Sheinbaum: “No hay arcos de seguridad en los sitios arqueológicos, nunca los ha habido porque no se había presentado esta situación”. Exacto. Nunca. Hasta ahora. Pagó su boleto como cualquier visitante. Sin filtros. Sin rayos X. Sin Guardia Nacional visible en las entradas. La pirámide de la Luna, a 45 metros de altura, se convirtió en un balcón perfecto para el terror porque las políticas de seguridad en zonas turísticas siguen ancladas en la era pre-digital, pre-radicalización, pre-Columbine.
El gobierno promueve el turismo como motor económico (millones de visitantes al año en Teotihuacán), pero no invirtió en protocolos reales de prevención. Hablan de “paz” y “seguridad”, pero un joven con antecedentes evidentes de extremismo (fáciles de rastrear en redes) camina libre con un arma. ¿Dónde está la inteligencia que monitorea radicalización _online_? ¿Dónde la coordinación entre INAH, Secretaría de Cultura y Seguridad? ¿Dónde los arcos detectores que cualquier aeropuerto o centro comercial tiene desde hace décadas?
Ahora, después de la tragedia, prometen refuerzos: más Guardia Nacional, arcos de rayos X, protocolos nuevos. Tarde. Como siempre.
Pero hay algo más grave. Este incidente no ocurre en el vacío. Sucede exactamente en el marco de la preparación intensiva para la Copa Mundial de la FIFA 2026, que México coorganiza con Estados Unidos y Canadá. Teotihuacán ya se promocionaba como uno de los grandes atractivos culturales para los millones de turistas y aficionados que llegarán al país: _shows_ inmersivos nocturnos, reactivación económica estimada en cientos de millones de dólares, Operativo Kukulkán con más de 100 mil elementos de seguridad prometidos. El gobierno asegura que “la seguridad está garantizada”. Sheinbaum y García Harfuch repiten el mantra: “Los visitantes extranjeros tendrán todas las garantías”.
Mentira expuesta. Si no se puede proteger un sitio arqueológico icónico un día cualquiera —con boleto pagado y sin más vigilancia que un par de custodios—, ¿cómo demonios se va a garantizar la integridad de estadios llenos, _fan zones_, aeropuertos, hoteles y rutas turísticas durante el evento deportivo más grande del planeta? Esta masacre no es solo un fallo operativo. Es la prueba irrefutable de la vulnerabilidad estructural del Estado mexicano en materia de seguridad: negligencia crónica, falta de inversión real en prevención, negación de la radicalización juvenil y un discurso oficial que prioriza la narrativa de “todo está bien” sobre la realidad sangrienta.
Sembraron tormentas con años de omisiones: permisividad ante el flujo ilegal de armas, desmantelamiento lento de protocolos básicos, minimización de la crisis de salud mental y extremismo online, y una apuesta económica al turismo masivo sin los dientes para defenderlo. Ahora cosechamos la tempestad: una turista muerta, heridos internacionales, imagen global dañada y un país que, a 51 días de la inauguración del Mundial, se pregunta si realmente está listo… o si solo está fingiendo.
Teotihuacán, cuna de civilizaciones, hoy manchada de sangre moderna. Julio César Jasso Ramírez ya es historia. Pero la pregunta que queda es para nosotros: ¿seguiremos sembrando tormentas con omisiones y discursos vacíos, o empezaremos a comenzaremos a hacer algo distinto?
La tempestad ya llegó. Y el Mundial está a la vuelta de la esquina. El resto depende de si aprendemos… o repetimos."