Donald Trump vuelve a sacudir el tablero geopolítico en 2026 con una narrativa que inquieta a aliados y adversarios por igual. El presidente estadounidense ha reiterado su deseo de que Estados Unidos adquiera Groenlandia, un territorio autónomo bajo soberanía danesa, bajo el argumento de la seguridad nacional, el control estratégico del Ártico y el acceso a recursos minerales clave. Para Europa, sin embargo, el mensaje va más allá de una compra: se trata de una visión de poder que recuerda a las lógicas del viejo imperialismo.
La reacción más contundente llegó desde Francia. El presidente Emmanuel Macron advirtió que “no debemos aceptar la ley del más fuerte”, en clara referencia a Trump, y alertó sobre el riesgo de normalizar burlas, amenazas y presiones entre naciones soberanas. Para Macron, este tipo de discursos revive una política internacional basada en la imposición y no en el derecho, un retroceso que Europa no está dispuesta a asumir.
Desde foros internacionales como Davos hasta declaraciones en su red, Trump ha mencionado que Groenlandia “debería estar bajo control estadounidense” para evitar la influencia de China y Rusia en el Ártico. Aunque ha afirmado que no recurrirá a la fuerza militar, sus palabras han generado tensiones diplomáticas con Dinamarca y han puesto a la OTAN en una posición incómoda. Para Copenhague, la postura es clara: Groenlandia no está en venta.
La polémica no termina ahí. En redes sociales, Trump ha compartido imágenes —algunas generadas por inteligencia artificial— donde aparecen mapas con banderas de Estados Unidos sobre Groenlandia y otros países. Aunque no existe una política oficial para anexar más territorios, estas publicaciones han alimentado la percepción de que el mandatario “quiere todo”: territorio, influencia y control simbólico del mapa mundial.
En este contexto, Groenlandia se convierte en el símbolo de algo más profundo: el temor a que el poder global vuelva a regirse por la fuerza y la intimidación. La pregunta ya no es solo qué quiere Trump, sino si el mundo está dispuesto a permitir el regreso del imperialismo en pleno siglo XXI.