Ciudad de México.- En medio de la fiebre mundialista que ha llenado de fútbol, color y símbolos las calles de la capital mexicana, un inesperado personaje se convirtió en la sensación del torneo: Merlín, un pato de dos años que conquistó las redes sociales y el corazón de miles de aficionados.
Mientras los ajolotes habían sido promovidos durante meses como uno de los emblemas más visibles de la Ciudad de México rumbo al Mundial 2026, fue este peculiar pato quien terminó acaparando reflectores. Vestido con la camiseta de la Selección Mexicana y acompañado de su familia por las calles del Centro Histórico, Merlín se transformó en un fenómeno viral tras aparecer durante los festejos por la victoria de México en el partido inaugural.
Las imágenes del ave recorriendo la Alameda Central, el Zócalo y las inmediaciones del Palacio de Bellas Artes provocaron millones de reproducciones en redes sociales. Los usuarios no tardaron en bautizarlo como la “mascota no oficial” del Mundial, mientras otros lo describieron como un “tesoro nacional” y el verdadero amuleto del Tricolor.
Sin embargo, para los capitalinos, Merlín ya era una celebridad local. El pato acompaña cada fin de semana a Carla Gómez y a su hijo Cristian, quienes trabajan vendiendo bebidas en el Centro Histórico. Lo que comenzó como una mascota familiar terminó convirtiéndose en una figura entrañable para turistas y habitantes que suelen detenerse para fotografiarse con él.
Su repentina fama ha sido tan grande que incluso representantes vinculados al Mundial realizaron sesiones fotográficas con el ave, consolidando su imagen como uno de los personajes más comentados de la Copa del Mundo.
El fenómeno resulta especialmente llamativo porque ocurre en una ciudad donde el ajolote había sido impulsado como símbolo de identidad rumbo al torneo, apareciendo en campañas, espacios públicos y proyectos de renovación urbana. Sin embargo, la espontaneidad y carisma de Merlín lograron algo que ninguna estrategia de promoción pudo prever: convertirse en el rostro más querido de la fiesta mundialista.
Hoy, mientras el balón sigue rodando, muchos aficionados ya tienen claro quién es la verdadera estrella fuera de la cancha. No es un futbolista, ni una mascota oficial. Es Merlín, el pato que se robó el Mundial.