Las redes sociales y vecinos de La Habana, Cuba, han denunciado el progresivo colapso del antiguo Instituto Superior de Diseño (ISDI), un edificio emblemático de la capital cubana que durante décadas fue un referente en la formación de profesionales del diseño. La estructura, ubicada en la calle Belascoaín, entre Estrella y Maloja, en el municipio de Centro Habana, se encuentra hoy reducida a escombros, saqueos y abandono, en un proceso de deterioro que comenzó hace varios años y que se ha acelerado de manera dramática desde 2024.
Los primeros colapsos parciales del inmueble se registraron el año pasado, cuando colapsó una sección del edificio debido a fallas estructurales acumuladas por décadas de falta de mantenimiento. Desde entonces, el lugar fue declarado en estado de alto riesgo, con soportes provisionales y restricciones de acceso. Sin embargo, el deterioro continuó. Este martes 10 de febrero, otra parte significativa del inmueble se desplomó mientras se realizaban trabajos de demolición controlada, luego de que los peritajes técnicos confirmaran la imposibilidad de su rehabilitación. Aunque no se reportaron víctimas ni daños a transeúntes, el incidente volvió a poner en el centro del debate el grave estado del patrimonio arquitectónico habanero y la fragilidad de cientos de edificios en la capital.
El antiguo ISDI no era una edificación cualquiera. Fundado en 1984, el Instituto Superior de Diseño fue la principal escuela de diseño industrial y gráfico de Cuba, formando a generaciones de profesionales que contribuyeron al desarrollo cultural y visual del país. En sus aulas se gestaron proyectos emblemáticos de diseño editorial, señalética, mobiliario urbano e identidad visual, muchos de los cuales marcaron la imagen de instituciones culturales, educativas y sociales durante décadas. Para habitantes de La Habana, el edificio representaba no solo un espacio académico, sino un símbolo del potencial creativo cubano y de una época en la que la educación artística y técnica ocupaba un lugar central en la vida cultural de la nación.
Con el paso del tiempo, la falta de inversión y la crisis económica fueron debilitando poco a poco su estado físico. La edificación, construida con una combinación de sistemas tradicionales de viga y tabla en los niveles inferiores y hormigón armado en los superiores, presentaba ya severos daños en muros, columnas y techos. A esto se sumaron los saqueos constantes de puertas, ventanas, instalaciones eléctricas, tuberías y mobiliario, lo que aceleró su degradación y lo convirtió en un espacio vulnerable y prácticamente inhabitable.
El caso del ISDI no es aislado. Forma parte de una crisis estructural mucho más amplia que afecta a La Habana y a todo el país. Según cifras oficiales citadas por organismos estatales, al menos el 37 por ciento de las viviendas en Cuba se encuentran en estado regular o malo, lo que equivale a más de 1.4 millones de inmuebles en condiciones deficientes. En La Habana, la situación es aún más crítica: se contabilizan más de 185 mil edificaciones en mal estado, de las cuales al menos 46 mil requieren una reparación capital urgente y más de 83 mil necesitan intervenciones parciales para evitar colapsos. Además, existen cerca de 44 mil familias damnificadas por colapsos anteriores que viven en albergues estatales, a la espera de una solución habitacional definitiva.
Las consecuencias humanas de esta crisis son constantes. Cada año se reportan cientos de colapsos parciales y totales en la capital, muchos de ellos con saldo de personas lesionadas o fallecidas. En los últimos años, varios colapsos han provocado la muerte de niños, adultos mayores y hasta rescatistas, evidenciando el nivel de riesgo cotidiano al que están expuestos miles de habaneros.
Para los habitantes de La Habana, la caída del ISDI representa mucho más que la pérdida de un edificio histórico. Es la desaparición de un símbolo de identidad y de memoria colectiva. En una ciudad donde el patrimonio arquitectónico convive con la precariedad, cada colapso es vivido como una herida, como la confirmación de un deterioro que no solo es material, sino también social y emocional.
En este sentido, el colapso del ISDI ha sido interpretado por muchos cubanos como una metáfora del propio colapso de Cuba. La imagen de muros que caen, estructuras que colapsan y espacios abandonados refleja el desgaste profundo de un país que enfrenta una prolongada crisis económica, social y demográfica. La falta de recursos para conservar su patrimonio, la migración masiva y la escasez de materiales básicos configuran un escenario en el que la ruina física de los edificios se entrelaza con el desgaste de las expectativas colectivas.
Así, lo que alguna vez fue un epicentro de creatividad y formación profesional hoy se convierte en un recordatorio doloroso de la fragilidad del presente.