Es sacerdote católico, defensor de derechos humanos Filiberto Velázquez; el pasado lunes 05 de enero abandonó Guerrero después de que su vida fuera amenazada directamente por el crimen organizado, pese a contar con protección oficial, su salida fue motivada por un peligro inminente que no pudo afrontar dentro del estado. Su misión, según él, no ha sido otra que contribuir pacíficamente a la reducción de la violencia que desgarra su tierra.
Filiberto, conocido como “Padre Fili”, es originario de Guerrero. Director del Centro de Derechos Humanos Minerva Bello, se ha dedicado a acompañar a víctimas de desaparición forzada, desplazamiento y violencia armada. Su presencia se ha vuelto reconfortante para familias quebradas por el terror y para comunidades que, sin justicia ni protección, han encontrado en él un interlocutor que escucha.
Ha pagado ese compromiso con la sangre y el miedo: en octubre de 2023 sobrevivió a un atentado a balazos en la carretera Chilpancingo-Chilapa y desde entonces estuvo bajo medidas cautelares del Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas con escoltas de la Guardia Nacional. A pesar de ello, las recientes amenazas directas —junto con campañas de difamación que lo vinculaban falsamente con grupos criminales— llevaron a que su obispo decidiera su desplazamiento.
El propio padre ha denunciado que las fallas de ese mecanismo, como vehículos de protección en mal estado o ausencias en zonas de riesgo, lo dejaron vulnerable incluso con cuidados oficiales. En México, existen casos de defensores y periodistas cuya protección no fue efectiva —como el asesinato de Julián Carrillo Martínez pese a integrar dicho esquema— han evidenciado deficiencias profundas en el sistema de seguridad institucional.
En 2024, el “Padre Fili” se convirtió en figura clave como facilitador de treguas entre los grupos criminales “Los Tlacos” y “Los Ardillos”, solicitando su intervención por líderes de ambos bandos para lograr un cese de la violencia en el centro y norte de Guerrero. Su presencia constante en comunidades golpeadas, su relación con autoridades y su reputación de neutralidad lo colocaron en esa tarea casi imposible.
Pero también ha enfrentado otros riesgos. En mayo de 2024 denunció que al menos 20 soldados del Ejército Mexicano lo interceptaron antes de una misa en Chilpancingo, episodio que añadió tensión a su labor humanitaria y que, según él, subraya la complejidad de navegar entre fuerzas armadas, criminales y comunidades heridas.
Su compromiso recuerda a otros religiosos que han pagado con su integridad la búsqueda de paz. El obispo emérito Salvador Rangel Mendoza, quien encabezó la diócesis de Chilpancingo-Chilapa hasta 2022, también fue víctima de violencia en medio de sus esfuerzos por mediar en contextos de conflicto, reflejo de los riesgos que enfrentan quienes asumen un papel activo ante la inseguridad.
“El que anda metido por la paz, por buscar la reconciliación, sale afectado”, advirtió el obispo José de Jesús González Hernández al confirmar la salida deL “Padre Fili”. Casi al final de la misa dominical, ante feligreses con ojos húmedos, el obispo Jesús González agregó: “La Iglesia no busca mártires, sino preservar la vida de quienes ayudan. No queremos mártires más, queremos sacerdotes vivos que sigan ayudando”.