Información: Tashiro Malekium
Muchos hemos escuchado, nos hemos asqueado e indignado con el caso Epstein. Los niveles de perversión, confabulación, además de encubrimiento e impunidad, son inenarrables, así como el encono, asco e indignación que todo esto genera. Desde las acusaciones iniciales de tráfico sexual de menores hasta las conexiones con figuras de poder global, el escándalo ha destapado un submundo de explotación que parece sacado de una novela distópica, pero que lamentablemente es real y persistente.
Sin embargo, dentro de toda esta ola de emociones colectivas que nos arrastra hacia la repulsión y la demanda de justicia, hay algo que se puede ver a través de la bruma: una estrategia, una manipulación sutil que juega con el pulso colectivo, el deseo de verdad y la sed de escándalo. Esta no es solo una liberación de información, sino un mecanismo calculado para moldear percepciones, distraer de crisis mayores y mantener el control narrativo en manos de quienes detentan el poder.
Los archivos Epstein no se han desbloqueado por completo, tampoco se han filtrado enteramente los nombres. Y es que lo que le han dado a la comunidad son solamente migajas, pareciera como si de forma estratégica estuviesen posicionando nombres e información para controlar escenarios sociales políticos.
Para entender esta dinámica, tomemos por ejemplo el timeline preciso que revela un patrón de demoras y liberaciones parciales: todo comienza en julio de 2025, cuando el Departamento de Justicia declara públicamente que no existe una "lista de clientes" formal y se niega a soltar más archivos, justo en un momento de creciente presión política y explosión de teorías conspirativas en redes sociales, lo que genera un vacío informativo que alimenta especulaciones sin resolución.
Luego, en septiembre de ese año, el Comité de Supervisión de la Cámara libera unos 33,295 páginas de registros relacionados con Epstein, pero estos documentos son proporcionados por el DOJ bajo subpoena y aún así contienen omisiones notables, enfocándose en detalles ya conocidos sin avanzar en investigaciones nuevas.
El punto de inflexión llega en noviembre de 2025, cuando el Congreso aprueba por abrumadora mayoría la Epstein Files Transparency Act, introducida por representantes como Ro Khanna y Thomas Massie, y firmada por Trump el 19 de ese mes, obligando a la liberación en 30 días, pero solo después de meses de resistencia inicial del propio presidente, quien al final cedió afirmando "no tenemos nada que esconder", mientras los documentos salían fuertemente censurados con cientos de páginas enteramente ennegrecidas, lo que plantea preguntas sobre qué se protege realmente bajo el pretexto de privacidad o seguridad nacional.
Esta ley, que exige la publicación de todos los registros no clasificados, incluyendo logs de vuelos, correos electrónicos y materiales investigativos, parece un paso hacia la transparencia, pero su implementación revela un enfoque selectivo que prioriza el control sobre la revelación total.
Si ponemos atención, hay diversos eventos canónicos para el mundo y, justo después de ellos, cuando la narrativa se está perdiendo, cuando el poder de convencimiento o la desconfianza en cierto gobierno se desliza, se toman acciones nuevas o se revelan detalles nuevos en estas listas... Sorpresivamente, no hay nuevos actores, solamente viejos conocidos, personajes ya manchados por el escándalo, profesionales en montar las olas de la crítica y surfearlas hasta la playa de la calma.
Miremos casos concretos para ilustrar esta hipótesis de distracción orquestada: en diciembre de 2025, el 19, para ser exactos, el DOJ suelta el primer lote de cientos de miles de documentos con redacciones masivas, fotos inéditas de Bill Clinton y celebridades, pero nada que incrimine a nuevos peces gordos, coincidiendo sospechosamente con el pico de tensiones geopolíticas, como la escalada hacia un posible ataque a Irán, y distracciones internas, como debates intensos sobre inmigración y crimen urbano, que acaparaban titulares, desviando el foco de fallas económicas subyacentes o corrupciones institucionales.
O en enero de 2026, el 30, específicamente, cuando liberan más de tres millones de páginas adicionales, incluyendo menciones a vuelos de Trump en los 90, correos con Elon Musk, Bill Gates y otros titanes de negocios, además de 2,000 videos y 180,000 imágenes, pero sin consecuencias reales, justo cuando arrestos cuestionables, como el de figuras mediáticas, generan revuelo y rumores sobre implicaciones políticas mayores, circulan como humo para desviar ojos de los verdaderos enredos, como la muerte por suicidio de Virginia Giuffre en abril de 2025, una de las principales acusadoras, cuyo deceso reavivó dudas sobre encubrimientos, pero fue eclipsado por estas liberaciones.
Y en febrero de 2026, más emails, textos y fotos salen a la luz, iluminando relaciones incómodas con titanes de negocios, royals y funcionarios, como el caso del Príncipe Andrew, cuya aparición en documentos lleva a su arresto el 19 de febrero por presunta conducta indebida en oficina pública, coincidiendo con intentos de asesinato contra Trump y amenazas a figuras como Charlie Kirk, desviando el foco de violencia política hacia el morbo eterno de Epstein, mientras se ignora el hecho de que el DOJ declara haber cumplido con la ley al liberar 3.5 millones de páginas, aunque reportes indican que el total podría superar los seis millones, dejando interrogantes sobre lo omitido.
Estos timings no son casuales, son encubrimientos, presuntos intentos por desviar la narrativa cuando el barco se tambalea y la atención pública amenaza con enfocarse en fallas sistémicas o corrupción mayor, como fraudes electorales, tensiones fronterizas o escaladas bélicas globales, que requieren un chivo expiatorio mediático para calmar las aguas.
Transicionando de estos patrones temporales a las implicaciones más profundas, los archivos Epstein también cumplen otra función, y es que al liberar las conversaciones, se ha perdido la objetividad. Hay cientos y miles de personas que leen estos archivos, dicen sentir asco, pero continúan estudiando cada minúsculo detalle de las conversaciones que en ellos se encuentran, devorando correos sobre intercambios financieros con entidades iraníes o resúmenes de alegaciones contra figuras como Trump, compilados por el FBI en 2025, que incluyen listas de acusaciones de abuso, pero sin acciones subsiguientes.
Pero no revelan nada, no hay artículos profundos, no hay trabajos audiovisuales exhaustivos, solamente descargas masivas y un ligero contenido de crítica cuestionable en redes como TikTok, en donde no mencionan datos específicos, no se meten con nadie, solamente dan la suficiente información como para empezar a monetizar clics y vistas, alimentando un ciclo de consumo pasivo.
Esta dinámica nos lleva a cuestionar la verdadera utilidad de publicar estos contenidos: ¿sirven para avanzar justicia real, con arrestos, investigaciones profundas y condenas, o solo alimentan un ciclo de indignación efímera que distrae de problemas estructurales, como el tráfico sexual global o la impunidad de elites? Las liberaciones parciales, redactadas y timed, no han llevado a un solo nuevo procesado de alto perfil, nombres como Clinton, Prince Andrew o el propio Trump flotan en menciones repetidas, pero sin acción legal, solo buzz viral que se disipa en semanas, mientras figuras como Ghislaine Maxwell declinan testificar ante el Congreso, invocando la Quinta Enmienda en febrero de 2026, y ex presidentes como Bill Clinton aceptan comparecer en sesiones cerradas sin impacto real.
Es un teatro de transparencia que no solo cuestiona si esto fortalece la accountability o la erosiona al normalizar el escándalo sin resolución, sino que profundiza en la hipótesis de que se trata de un "pan y circo" moderno, donde el morbo satisface temporalmente a las masas, permitiendo que sistemas de poder corruptos persistan intactos, desviando energías de reformas estructurales hacia chismes efímeros.
Y al final, queda la duda lacerante: ¿esto será buscando real justicia o solamente para satisfacer a las masas con una ilusión de justicia y una pizca de morbo que nos mantiene enganchados, pero inertes, permitiendo que las raíces del problema sigan creciendo en la oscuridad, mientras nos distraemos con las sombras proyectadas?