Juan “N”, alias “El Seven”, presunto jefe de plaza de una facción de La Familia Michoacana fue detenido la tarde del lunes en Amecameca, Estado de México, tras un operativo coordinado entre la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México y autoridades mexiquenses.
La captura se realizó en cumplimiento de una orden de reaprehensión por el delito de homicidio calificado en grado de tentativa, y el imputado fue trasladado al Reclusorio Preventivo Varonil Sur, donde un juez definirá su situación jurídica.
Aunque el arresto fue presentado como un golpe relevante contra el crimen organizado, la información oficial ha dejado fuera dos aspectos clave: la estructura financiera que sostenía su operación criminal y la expansión silenciosa de La Familia Michoacana en el centro del país.
Fuentes de seguridad señalan que “El Seven” no solo operaba como enlace violento, sino como administrador de una red económica basada en extorsión sistemática, narcomenudeo y control territorial en zonas de la Ciudad de México, el oriente del Estado de México y Morelos. El grupo utilizaba comercios aparentemente legales —bares, talleres, casas de empeño y negocios de préstamos informales— como fachadas para lavar recursos ilícitos, una modalidad que ha permitido a estas células sobrevivir incluso tras detenciones de alto perfil.
En el argot de seguridad, se les denomina “células” porque operan como unidades semiindependientes, con mandos locales, finanzas propias y control territorial específico. Esta fragmentación les permite adaptarse con rapidez, reemplazar liderazgos y continuar operando aun cuando una de sus cabezas es capturada.
Este esquema financiero explica por qué la captura de líderes no siempre se traduce en el desmantelamiento total de las organizaciones: el dinero sigue fluyendo aunque los nombres cambien.
El caso de “El Seven” también exhibe un fenómeno más amplio: la consolidación de La Familia Michoacana fuera de su territorio. Lejos de limitarse a Michoacán, el grupo ha encontrado en el Valle de México un entorno propicio para operar con bajo perfil, mezclándose con economías locales y disputando espacios urbanos estratégicos.
Expertos advierten que estas células ya no buscan confrontaciones abiertas, sino control económico y social, lo que dificulta su detección y combate. En ese contexto, la detención de “El Seven” representa un golpe operativo, pero no necesariamente estructural.
Mientras no se investiguen a fondo las redes financieras y la expansión territorial, el riesgo es que su captura sea solo un relevo más dentro de una organización que ha demostrado una alta capacidad de adaptación.